MI ENCUENTRO CON KURUPÍ

 

Sucedió hace 20 años en mis vacaciones a casa de mi abuelo, en la selva de mi país, en un lugar aparcado en el siglo 18 lleno de mitos y leyendas.

Cada vez que mi abuelo sabía de mi llegada, mandaba preparar uno de los caballos porque a mí me encanta cabalgar. Él fue todo un personaje. Era como un potentado en esos parajes. Tenía fama de ser mujeriego y hasta se dice que tenía más de una veintena de hijos. Cada fecha de su cumpleaños se hacía una fiesta patronal en su casa para todo el pueblo, con misa al santo patrono del lugar, seguida de una corrida de toros que organizaba mi abuelo. A menudo conversábamos al atardecer, él en su caballo y yo en el mío, trotando y observando sus grandes plantaciones, hablando de la vida.

En mi país todos hablamos el español y el guaraní, ricos y pobres, citadinos y campesinos, ejecutivos y obreros. Está omnipresente como el tereré, bebida helada hecha a base de yerba mate, que es lo primero que te ofrecen al llegar a algún lugar. En realidad es un mate helado mezclado con otras yerbas y se lo bebe de día o de noche, en reuniones festivas o en velorios, en la reunión del gabinete o en un partido de fútbol.

Mi abuelo me hablaba sólo en guaraní, por testarudo, y yo sólo en español, por lo mismo. Pero él lo hacía pausadamente, así que yo nunca tuve problemas en comprenderlo. Sólo me fastidiaba su machismo, tan americano, y del cual siempre se excusaba con que eran las mujeres quienes lo buscaban porque ellas eran las más machistas. Desde que mi abuela murió, él vivía con una señora encantadora y servicial a quien yo cariñosamente llamaba abuela. Ella nunca salía de la casa. La mayoría de las mujeres de los alrededores no lo hacía. Así que yo era para los pobladores de esas localidades, pues, simplemente un personaje exótico.

Ese lugar me traía paz y descanso, lejos de los bocinazos, ajetreos y horarios abrumantes de la ciudad.

Yo me deleitaba en adentrarme a recorrer las cuevas y las serranías del lugar. Me divertía encontrando caminitos ocultos entre la oscura selva, seguir los arroyuelos para ver adónde llegaban. Mi abuelo me advertía que volviera siempre al atardecer, ya que las selvas tienen sus guardianes particulares, los duendes, que en leyendas y mitos perdidos en el tiempo, recorren ancestralmente todo mi país.

Se decía que el caserón abandonado en el cerro cercano, rodeado por el bosque, era la mansión favorita de Kurupí, nombre en guaraní de uno de esos duendes, por eso nadie se acercaba allí. Ningún camino hecho por el hombre llevaba hasta el caserón, y los que fueron hechos antes, la selva los fue borrando con el tiempo.

Kurupí se aparece en diversas formas para extraviar a los forasteros (y forasteras, en mi caso) que se arriesgan demasiado en sus dominios de la selva que guarda. Su horario de salida es la calurosa siesta. Creo que se aparece en la forma de los miedos o los más fervientes deseos de quienes juran haberlo visto. A veces toma la forma de un engendro horroroso, petiso, peludo, con un largo pene envuelto tres veces alrededor de la cintura. Otras, como una hermosa mujer o como un musculoso y bronceado joven, ambos de dorados cabellos. Un sinnúmero de embarazos no deseados fueron culpa de kurupí, según las mujeres afectadas. Éste puede imitar diversos animales y hasta silbidos humanos. En fin, imposible convencerlos de que esas cosas no existían.

Una siesta, fui con mi caballo a explorar las cercanías. Llevaba un libro, un poco de merienda, tereré con mucho hielo, unos pequeños prismáticos en uno de los muchos bolsillos de mi pantalón de campaña, un sombrero de lona para el sol, gel repelente para mosquitos, mis gafas para la miopía puestas y nada más. Mi piel naturalmente bronceada resiste al sol bastante bien, así que no llevé cremas. Tampoco llevaba sostén debajo de mi musculosa. Aún allí quería libertad.

Aquellas cuevas del cerro todavía no las había explorado, así que busqué un atajo para llegar a ellas. El frondoso bosque se interponía. Entré en él cansando un poco a mi caballo que a pesar del andar lento, tuvimos que sortear espinosos matorrales, innumerables juncos colgantes, troncos caídos, manantiales con muchas piedras, empinadas subidas.

De pronto, en medio de la silenciosa siesta, escuché un silbido cercano que espantó a bandadas de pájaros y puso a la selva bulliciosa. Mi caballo se detuvo en seco, así que tuve que golpearle el lomo con una rama para que avance. Se escuchaba una cercana cascada. Allí se detuvo Guazo, mi caballo, sin que ya lo pudiese mover ni con una rama algo más gruesa y protestando con bajos bufidos. Así que me bajé para caminar a su lado y tirarlo por la correa para que se anime a marchar. Tenía que cruzar el arroyo que formaba la cascada de camino a mi objetivo.

La pequeña catarata no tenía más de dos metros de altitud pero era bastante profusa, tanto que levantaba niebla blanca cuando las aguas caían abajo en una especie de lago pequeño y profundo que formaba el arroyo antes de seguir su recorrido.

Yo estaba observando en un lugar alto y podía ver los tres niveles diferentes: uno, el lugar donde yo estaba que era el más alto; otro, el de la cascada en un nivel intermedio, un poco más bajo de donde yo estaba observando; y el último, después de la cascada, el nivel más bajo donde el arroyo seguía su curso después de llenar el lago pequeño.

De pronto, de entre la niebla y en medio del laguito donde caía la cascada, vi surgir del agua la lacia cabellera rubia de una sirena. Me vinieron de golpe todos esos relatos fantásticos a la mente. Nada parecía real, el silbido, la bruma y…. la sirena. Alcancé mis prismáticos y los enfoqué hacia ella. A través del agua cristalina (aún no había llegado hasta allí la polución ambiental) pude ver sus hermosos y duros senos y su tez muy blanca con un tatuaje céltico encima de uno de ellos. ¡Una sirena moderna!, pensé sonriendo. Fue nadando hasta cierto lugar y salió lentamente sacando su cuerpo desnudo a medida que iba caminando hacia la pequeña playa. Al darse la vuelta, enfoqué mejor mis binoculares y pude observar que tenía erizada la piel y endurecidos los pezones mientras tomaba la mata de su cabello y escurría el agua. Observé también sus hermosos ojos celestes, sus largas piernas tamizadas de pelusas suaves y brillantes, su vello púbico de color castaño, sus pies pequeños y sus manos algo curtidas y huesudas con uñas pulidísimas hasta el borde de una mujer trabajadora y alejada de lujos. En suma, estaba observando a la mujer más bella que yo recuerde hasta ese momento. Sin darme cuenta, fui avanzando por el terreno con el prismático apuntando hacia mi objetivo, y de repente, me resbalé, me caí en el arroyo y la corriente me arrastró hacia la cascada donde caí con un alarido y un terrible dolor en el tobillo izquierdo. Sintiendo que me ahogaba, traté de nadar hacia la superficie, pero la fuerza de la cascada me llevaba hacia abajo. Sentí que, desde atrás, un brazo rodeaba mi hombro, me agarraba fuertemente por las axilas y me apretaba la espalda contra su pecho, tratando de empujarse y empujarme hacia la superficie. Cuando emergimos, quise ayudar pero la mujer que recientemente vi y que era la que me estaba rescatando, me gritó con acento extranjero:

¡No luches, suéltate!

Y me abandoné. Caímos rendidas en la playa. Yo tosía tratando de quitar toda el agua que había tragado. Repentinamente la mujer se sentó y emitió un poderoso y largo silbido soplando con dos dedos en la boca. De entre la selva surgió pausadamente un caballo marrón con la montura puesta, llevando utensilios y aparejos extraños.

Recordé a mi caballo y grité fuerte "¡Guazoo!" tratando de incorporarme. Inmediatamente grité del dolor y me tomé del tobillo cayéndeme nuevamente en la playa. Por lo visto la mujer entendió que llamaba a mi caballo, pues me gritó:

Está en la otra orilla ¡Mira!

Y me señaló un lugar oscuro del bosque de hacia la otra orilla.

No puedo distinguir bien, perdí mis gafas al caer.

¿Tus qué?

Gafas, anteojos.

Dije poniendo mis dedos en forma de círculos alrededor de mis ojos.

¡Ah!

Por suerte, la corriente se llevó también los prismáticos, así no tenía que darle explicación alguna a la mujer sobre lo que estaba mirando antes de resbalarme. Por cola de paja, como le dicen. Di gracias mentalmente también porque no llevé mi carísima cámara, siendo yo tan amante de las fotografías de paisajes naturales, ya que se hubiera echado a perder.

Se fue hacia su caballo, y montándolo aún desnuda, me dijo en voz alta

Mi yegua hará que tu caballo cruce. Ella es muy atractiva.

Lo dijo con un gesto pícaro y una sonrisa. Atravesó el arroyo, tomó las cuerdas de mi caballo y cruzaron hasta donde yo estaba. En todo ese tiempo no dejé de mirarla y creo que me costó cerrar la boca.

Se agachó, me ayudó a ponerme de pie, llevó uno de mis brazos encima de su hombro y me aproximó hasta mi caballo. Me pasó una gran toalla y se puso su camisilla, su bombacha y unos jeans gastados.

Katherine, Kate.

Me dijo extendiéndome la mano con una sonrisa a modo de saludo.

Marcela, Marce. Gracias. Prácticamente te debo la vida.

Y apreté las suyas.

Se agachó nuevamente y levantó hasta la rodilla un lado de mi pantalón mojado. Puso sus manos allí y fue bajando despacio hasta mi tobillo. No pude reprimir ciertos pensamientos que me rondaban desde que la vi.

Tu tobillo está hinchado, no está roto nada, o sino, no podrías pisar. Ven conmigo y te lo pondré en su lugar. Te va a doler un poco pero tengo experiencia en esto. También tienes un corte en la espalda que debe ser atendido ¿Vienes sola?

Si.

¿Vives lejos?

No tan lejos, cerca del pueblo. Estoy de vacaciones en la casa de mi abuelo.

Que raro que no haya visto a ningún otro nativo por estos lugares en todo este tiempo.

No pude más que reírme un poco. Para ella éramos nativos, que querría decir, supongo que indígena inculto o algo así y porque para los "nativos" ella sería un kurupí, un duende.

Me fue contando que estaba de vuelta aquí desde hacía más de siete meses en una vieja casona abandonada en medio del bosque que le hacía de refugio. Comprendí que hablaba del caserón de kurupí, como le decían los del pueblo.

Era recomendable que se secara mi ropa antes de ponérmela, me advirtió. Me ayudó a desvestirme. Ahora era yo quien tenía la piel erizada y los pezones duros. Por un momento, me sentí observada de arriba abajo en mi desnudez. Pensé que era mi karma retornando por lo mismo que yo había hecho con Kate. Ella me ayudó a taparme con la toalla y a subir a mi caballo.

Por el camino me fue contando que era de Irlanda, estaba haciendo su doctorado acerca de ciertas runas y otros rastros célticos encontrados en unas cuevas del lugar, que estaban allí mucho antes de que Colón pisase América, lo cual nos dice que ciertos habitantes de la zona podrían ser descendientes de ellos. Incluso mi abuelo y, por ende, yo misma. Esos vestigios célticos estaban por todo el país. Es por eso que había ya ciertas parcialidades indígenas de tez más blanca y estatura más elevada esparcidos por todo un gran territorio cuando llegaron los conquistadores. Y sólo con éstos se mezclaron los españoles. De esta mezcolanza, me explicó, salieron los paraguayos como una especie de nación aparte con el mismo lenguaje, los mismos conocimientos ancentrales, en fin, las mismas creencias, usos y costumbres.

Le expliqué que quería explorar esas cuevas de las que hablaba cuando di con la cascada (y con ella). Prometió mostrármelas cuando sane mi tobillo. Me pidió que mire entre mis cosas para ver si no me faltaba nada. Respondí que nada.

Sostenida por su hombro pudimos entrar al caserón y me ayudó a sentarme en una vieja y enorme cama, cuyo colchón era una simple manta de dormir. Se acercó hacia mi tobillo y lo palpó. Me avisó que debía sostenerme de los barrotes de la cama. Sentí un tirón y un terrible dolor cuando el tobillo volvió a su lugar. No pude evitar gritar. Y seguidamente, me los vendó suavemente. También me limpió la herida de la espalda y me aplicó desinfectantes y un apósito.

Sobre un cajón que hacía de mesita de luz estaba posado un marco con un retrato donde aparecían abrazadas Kate con otra chica, rubia también. Me recosté para acercarme y verlo mejor, porque no llevaba mis anteojos.

Es mi novia. Ella es de Inglaterra. Vino una vez junto a mí y se fue enseguida. Solo le gusta la ciudad.

¡Una inglesa con una irlandesa! Vaya, eso sí que es bueno. Unir corazones es la respuesta a toda violencia. ¿Sabes? A mi novia tampoco le gusta el campo.

Y reímos de las curiosas coincidencias.

Me contó que desde hacía tres años que regresaba regularmente al Paraguay a los diferentes lugares donde se sabía de la existencia de los vestigios célticos que ella estudiaba.

Se levantó para destapar una única botella de vino que traía y me sirvió un poco en un jarro de lata para que me pase el dolor, según ella.

- Por la dolce vita

Susurré a modo de brindis, tomé el primer trago, y le devolví el jarro para que ella tomase el próximo, ya que había un solo recipiente para ello. Se sentó al borde de la cama y me miró sonriente.

A esa altura, ya estaba bastante confiada en mí como para prender un cigarrillo de marihuana en mi presencia. Me invitó y le acepté unas pitadas.

- No me hubiera atrevido a decirte lo de mi novia si no hubiera visto el libro que llevas. Yo también lo leí pero en inglés.

Era un libro sobre las poesías de Safo cuya tapa mostraba la copia de una pintura donde dos mujeres desnudas se besaban entre unas rocas. Hablamos un poco de ella.

Luego, para mi sorpresa, se levantó y me entregó mis prismáticos con una pícara sonrisa. Creo que advirtió que me sonrojaba. Para salir de esa bochornosa situación, le conté lo de la leyenda del kurupí y que, para los lugareños, ella sería sin duda tomada como tal. Y reímos juntas.

Ya estaba atardeciendo y era la hora de los mosquitos. Se levantó y empezó a encender varias velas y espirales espanta mosquitos y tendió encima de la cama una redecilla blanca y transparente de mosquitero que se sostenía desde una viga en el techo, y que al abrirse sobre la cama, daba la impresión de ser un etéreo fantasma. Yo quedé dentro sentada en medio de la cama, liberada de las molestas picaduras. La miraba a ella a través de la tela en su ir y venir acomodando sus enseres y aparatos raros. La temperatura iría de ahora en más bajando hasta hacerse muy fresca a la noche.

Me avisó que mi pantalón aún no se había secado, pero que mi bikini y mi musculosa sí, así que me los acercó. Levantó la tela del mosquitero y se metió en la cama hasta donde yo estaba, se arrodilló frente a mí, me sacó la toalla y quedé desnuda. Me hizo levantar los brazos para ayudarme a ponerme la musculosa. Cuando mi cabeza estaba metiéndose en la prenda, de pronto se detuvo. Allí dentro, con la musculosa tapándome el rostro y con los brazos levantados, sentí cómo mi pezón derecho se endurecía y se proyectaba con dolor hacia delante al sentirse envuelto en la húmeda y caliente mucosa de una boca que lo chupaba con la fuerza y apetencia de siete meses sin sexo. Mis hormonas respondieron instantáneamente. Primero, un conocido temblor en el bajo vientre deteniéndome la respiración, como cuando una va bajando de una montaña rusa; luego, la respuesta de mi vagina humedeciéndose; después, la respiración y la sangre que se aceleran. Yo misma mandé al diablo mi musculosa y me tendí sobre la cama apretando la cabeza de Kate sobre mis senos, enredando mis dedos en su pelo. No hacían falta explicaciones: las dos queríamos lo mismo. Estando así sobre mí, la levanté un poco y le ayudé a sacarse la camisilla; ya no llevaba sostén. Ella se quitó sola el pantalón y la bombacha. Levantó con cuidado mi pierna con el tobillo lastimado, la depositó suavemente sobre las ropas dobladas a modo de apoyo, y desde allí fue avanzando con su boca por mis piernas humedeciéndolas a medida que iba trepando por mí. Cuando llegó cerca del pubis, me senté y la estiré para alcanzarla en un beso. No quería aún que me rozara nada abajo porque acabaría con un orgasmo instantáneo y quería prolongar la situación. Me tendí nuevamente en la cama trayendo conmigo a Kate.

Tenía unos hermosos labios. Yo quería recrearme en ellos pero el apremio de Kate era tal que me devoraba la boca entre gemidos metiendo profundamente la lengua, mordiéndome los labios y untándome todo alrededor, rostro, cuello, orejas, hombros. Entretanto, me llevó una de mis manos a uno de sus senos e hizo que los abarcara con la mano mientras mantenía su frente unida a la mía y me miraba con la boca entreabierta y el aliento de fuego… esperando. Apreté entonces ese seno con fuerza, masajeándolo. Kate lanzó fuertemente su primera exclamación con los ojos cerrados.

-¡Ahhh!

Hice que nos arrodilláramos y decidí destrabar todos mis impulsos, pues, de una cosa estaba segura: esta hermosa mujer no quería ternura ahora. Para ello habría tiempo quizás en otro momento. A medida que me desataba besándola profundamente con deleitosa locura, las endorfinas fueron anestesiando mi tobillo del cual no me quejé ni una sola vez.

Tomé una mata de su pelo por la nuca y fuertemente la tiré hacia un lado dejándome despejado el largo y desnudo cuello blanco donde hundí mis dientes chupando con fuerza de vampira sedienta, extendiendo mis besos desde los hombros hasta las orejas, mojándolo todo a mi paso, mientras Kate llevaba sus manos desordenadamente por toda mi espalda, mis muslos, mi nalga, mi pelo, apretándome contra ella, tratando de besar y lamer lo que podía alcanzar. Tiré de nuevo del pelo para ladear la cabeza de Kate y hacer lo mismo con el lado izquierdo de su cuello. Ella gemía cada vez más fuerte con los ojos cerrados sin el cuidado de que nadie nos escuchase, un gesto de dolor deliciosamente placentero en el rostro, la boca abierta y la lengua ligeramente posada sobre el labio inferior. Tiré con fuerza del pelo y besándola en la boca la acosté en la cama. Bajé por el cuello hasta alcanzar los pezones endurecidos que Kate empujaba hacia mi boca, y le abarqué de una sola vez toda la aureola chupando potentemente, aplastando mi rostro contra el seno ofrecido, para luego masajearlo circularmente pujando todo el conjunto con mi cabeza, mientras mi lengua se desplegaba y bailaba dentro y mis dientes jugaban a comer sin morder. No me detuve mucho allí así que pasé al otro seno para hacer lo mismo, y con mi boca adherida fuertemente a toda su aureola, empujaba su seno hacia un lado y luego hacia otro, sorbiendo con poderío esa delicia. Kate, que ya tenía toda la zona de los senos humedecida y brillante bajo la luz de las velas, jadeaba y gemía en forma gutural, cada vez más rápida y ruidosamente, al igual que yo. Parecía que iba a tener un orgasmo inminente. Así que la penetré sorpresivamente, lo cual le hizo gemir fuerte, y sin aviso previo, en forma enérgica, rápida y con movimientos irregulares, la penetraba golpeándola hasta el fondo con cada embate mientras sorbía sus senos. Su abundante humedad me permitía entrar y salir de ella con comodidad. Kate deliraba cada vez más fuerte hasta casi gritar mientras abría y cerraba alternativamente las piernas, o doblando y extendiendo sus rodillas, levantando las caderas hacia mí, aprentándome fuerte contra ella y reptando por toda la cama donde yo la perseguía. Hasta que se tensó abruptamente arqueando la espalda y levantándome a mí también. Y manteniéndose en esa posición, sentí cómo todo su cuerpo se sacudió repentinamente una, dos, tres…. y más veces lanzando fuertes gritos expelidos con cada sacudón y sin que yo parara de embestir, se derrumbó con una profunda y ruidosa exhalación destensándose instantáneamente sobre la cama. Recién allí paré mis movimientos en su interior. No saqué pronto los dedos de allí porque me gusta sentir los apretones vaginales en ellos, cada vez más suaves y espaciados, provenientes de una mujer satisfecha después del orgasmo. Su brazo se resbaló de mi espalda húmeda de sudor y quedó a un lado, desvanecido como ella, mientras sus senos se elevaban y bajaban con cada respiración, cada vez más pausadamente. Yo aún no había sacado mis dedos en su temblorosa vagina, así que cuando intenté hacerlo ella comprimió más los ojos cerrados y protestó con un suave "uuhg", así que lo hice más lentamente y deposité mi mano completamente mojada sobre uno de sus senos. Fui a recostar mi cabeza en su hombro y mirándola le dije despacito:

Me encanta hacerlo con una goblin (duende).

Ella lanzó una risa fácil y agregó.

Jamás me imaginé encontrar a alguien como tú en estos parajes.

Y luego, en un susurro agregó.

- Me encanta tu piel y me encanta lo que hiciste. Eres muy bella, Marce.

- ¡Oh! Realmente no soy considerada así en estas latitudes. Pero ¿Tú me dices bella a mí?

Y me apretó el brazo y me lo acarició.

Me acerqué hasta su boca y la besé despacito recorriendo sus labios con mi lengua, bajando a morder el mentón, y nuevamente, a darle besos en la boca. Me quedé prendida allí un buen rato hasta que mis besos se hicieron urgentes nuevamente. Ya no estaba aguantando mis ganas de alcanzar el clímax yo también, pero ella parecía un poco agotada, así que resolví que la acción corra de nuevo por mi cuenta.

Estábamos tendidas sobre el tablón pelado de la cama pues con nuestros movimientos, habíamos despejado hacia un lado la manta, así que alcancé una de las almohadas (en la otra, ella recostaba su cabeza) y la deposité debajo de su nalga.

Me estiré sobre Kate, le abrí las piernas con las mías cuidándome de no golpear mi tobillo (si lo hacía en forma de tijera, sin duda me lastimaría), y comprimiéndome contra ella, principié a moverme en forma circular sin parar de besarla. Esta vez, quien jadeaba más ruidosamente era yo. Empecé a empujarme besándola y tomándola de sus hombros. Kate abrió más las piernas y las levantó hasta enlazarme con ellas casi por la cintura, dejando más expuestas sus partes húmedas untándose con las mías. Ella también ya estaba poniéndose otra vez a tono y se movía acoplándose a mis embestidas. Nuestros cuerpos se movían completamente en un balanceo cada vez más rápido. Sin dejar de besarnos, ella trataba de hundir sus dedos en mi espalda mojada de sudor, pero como la tenía dura por los ejercicios rutinarios, fue dejando unos resbalados rastros morados, más gruesos que si lo hubieran hecho unas uñas largas, según pude percatarme después.

Separándome un poco del torso y de los labios de Kate, alcancé con una mano uno de los barrotes de la cama cuando mi cuerpo me demandó inmediato placer, y embestí potentemente terminando con varios gemidos sin dejar de moverme cuando alcancé el orgasmo, ya con gritos expelidos con la mayor fuerza y sin apremio de que nadie escuche en medio del bosque. Nunca antes había gritado sin ninguna contención durante un orgasmo. Perdí la conciencia de que, debajo de mí, Kate también había tenido otro orgasmo, de que mantenía hundidos sus dedos en mis nalgas y de que también había gritado. Fui algo salvaje, lo sé, porque hasta a mí me dolía el pubis al día siguiente como si hubiera hecho trabajo de parto (nunca lo tuve, pero creo que debe sentirse así).

Estábamos totalmente empapadas de sudor a pesar de la fresca noche. Después de un rato de caricias y besos suaves, Kate se despegó de mí repentinamente y trajo un poco de vino en el jarro y me dio de beber sonriendo, comentando con un gracioso acento de que de poco me iban a servir sus cuidados si seguía moviéndome de esa forma. Yo estaba medio empinada apoyándome por los codos y mirándola divertida y lujuriosamente mientras bebía el primer trago. Le ofrecí otro trago de mis labios. Bebió hasta la última gota con tanta paciencia que al final sólo quedaban nuestros sabores en la boca. Luego, tomó el jarro con el resto de vino y lo derramó lentamente en mis senos, en chorritos muy pequeños. La bebida se fue resbalando hacia abajo formando un charquito en mi ombligo, y de allí se dividieron y cayeron a la cama. Lentamente fue bebiendo de mi piel el vino. Creo que yo me embriagué con lo que sentía mucho más que ella, así que me tendí en la cama para disfrutarlo mientras enredaba mis dedos en ese pelo tan dorado como Kurupí.

Nos amamos toda la madrugada y nos pasó volando el tiempo sin apenas darnos cuenta. El bullicio casi ensordecedor de los pájaros y el canto de los gallos que ya se escuchaban me hicieron tomar en cuenta de que mis abuelos debían de estar preocupados por mí.

Ya estaba a punto de amanecer cuando regresé a casa de mi abuelo quien me esperaba intranquilo y despierto, al igual que su señora. Ya había armado una tropilla de jinetes para ir a buscarme. Les inventé que se me había perdido por un tiempo Guazo y me había torcido el tobillo buscándolo y por eso tardé en llegar.

A partir de allí, nos encontrábamos con Kate cada siesta en la cascada y regresaba a la casa de mi abuelo bien entrada la noche. Estoy segura de que retrasé bastante el trabajo de Kate ese verano, pero también de que ella lo hizo con mucho placer. Mi abuelo no me hizo ninguna pregunta, pero me miraba de vez en cuando pícaramente, yo juraría que hasta con orgullo. Era un hombre sabio y prudente así que me ahorré explicaciones.

A mi fama de ser una chica exótica se agregó la de ser también temeraria. No temía al kuripí de las siestas paraguayas. Es más, era la única que tomaba mi caballo y galopaba hacia la selva cuando se escuchaba el temido silbido del kuripí de la siesta. No sé qué hubieran hecho de vernos en la playita de la cascada, sentadas y desnudas en la arena, una frente a la otra, con las piernas trenzadas como las tijeras y enlazadas por las caderas, comprimiéndonos la una contra la otra, besándonos y acariciándonos. Kate, mi sirena, mi duende, mi kurupí.

Años después, al morir mi abuelo, sus descendientes perdieron esos hermosos territorios en manos de los vándalos de las dictaduras de siempre.

Kate y su pareja son ahora amigas mías y de mi pareja y nos hemos visitado en nuestros respectivos países en varias ocasiones. Nunca más lo hemos vuelto a hacer, aunque ganas no nos faltaron, y tratábamos de disimular las miradas intensas que intercambiábamos, con una mezcla de sentimientos encontrados ya que ambas amábamos a nuestras respectivas parejas.

Cuantas veces al escuchar la leyenda del kurupí sonreí para mis adentros reprimiéndome el deseo de gritar que a mí también se me apareció en la forma más anhelada: la de una de una bella mujer, que me hizo extraviar y desvariar en la selva todo ese verano. Este relato es en respuesta a ese deseo de gritar un secreto que quise guardar por siempre y que empezó en el medio de una selva ahora inexistente que clama por su guardiana eterna: Kurupí.

    

 
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